La brecha digital en México: cifras que no podemos ignorar

De acuerdo con la Encuesta Nacional sobre Disponibilidad y Uso de Tecnologías de la Información en los Hogares (ENDUTIH) del INEGI, en 2024 aproximadamente el 35% de los hogares mexicanos no tenía acceso a internet. Esto equivale a decenas de millones de personas que quedan fuera de la economía digital, de la educación en línea y de las oportunidades laborales que internet hace posibles. La cifra es aún más alarmante en zonas rurales e indígenas, donde la cobertura de banda ancha cae por debajo del 15%.

La pandemia de 2020 hizo visibles estas desigualdades de una manera brutal. Cuando las escuelas cerraron y las clases se mudaron a plataformas digitales, millones de estudiantes mexicanos simplemente no pudieron seguir. Algunos recibían sus lecciones a través de televisión abierta, un recurso valioso pero unidireccional. Otros dejaron de estudiar por completo. La Secretaría de Educación Pública estimó que durante ese período la deserción escolar aumentó de manera significativa, especialmente en poblaciones vulnerables.

Pero la brecha digital no se reduce solo a la conectividad. También incluye la falta de dispositivos (computadoras, tabletas o smartphones de gama media), la ausencia de habilidades digitales básicas entre adultos que podrían guiar a los jóvenes, y la escasez de contenido educativo relevante y accesible en lenguas indígenas. Son capas de desigualdad que se superponen y refuerzan mutuamente.

Las causas estructurales de la desigualdad tecnológica

Entender por qué existe la brecha digital requiere mirar más allá de la falta de infraestructura. Las causas son estructurales y están entrelazadas con décadas de desigualdad económica y social. En primer lugar, la geografía juega un papel determinante: extender redes de fibra óptica o instalar antenas de telecomunicaciones en zonas montañosas, selváticas o de difícil acceso tiene costos altísimos que las empresas privadas no están dispuestas a asumir sin garantías de rentabilidad.

En segundo lugar, aunque el servicio existiera, el costo mensual de un plan de internet representa una proporción inasequible del ingreso familiar en muchas comunidades. Una familia que vive con dos o tres salarios mínimos al mes tiene que priorizar alimentación, renta y transporte antes que conectividad. En ese contexto, la brecha digital es ante todo una consecuencia de la pobreza, no su causa.

Tercero, existe una brecha de habilidades que a menudo se pasa por alto. Muchos adultos en comunidades rurales o periurbanas nunca tuvieron acceso a computadoras durante su formación escolar, lo que significa que no pueden orientar a sus hijos ni aprovechar los recursos digitales por cuenta propia. Esta brecha generacional hace más difícil que el acceso tecnológico, cuando llega, se traduzca automáticamente en beneficios educativos concretos.

Soluciones que están funcionando en el país

A pesar del panorama, existen iniciativas que demuestran que el problema no es irresoluble. Algunos modelos han dado resultados medibles y son replicables en distintos contextos:

  • Telecentros comunitarios: Espacios equipados con computadoras e internet, administrados por la propia comunidad, que permiten el acceso compartido a la tecnología. En estados como Oaxaca, Chiapas y Guerrero, estos centros han beneficiado a comunidades enteras que de otro modo quedarían completamente desconectadas.
  • Redes de internet comunitarias: Proyectos como la Red de Telefonía Celular de Oaxaca han demostrado que las comunidades pueden crear y operar su propia infraestructura de telecomunicaciones a costos muy bajos. Este modelo, replicado en varios países de América Latina, pone el control en manos de quienes más lo necesitan.
  • Contenido sin conexión: Plataformas como Khan Academy Lite o Kolibri permiten descargar el contenido educativo y usarlo sin necesidad de conexión permanente. Una descarga semanal o mensual en un punto con WiFi puede abastecer a toda una escuela durante días.
  • Reciclaje tecnológico: Organizaciones que recolectan computadoras usadas de empresas y las restauran para donarlas a escuelas públicas. Un equipo de diez años de antigüedad sigue siendo más que suficiente para acceder a la mayoría de los recursos educativos en línea.

Estas soluciones tienen algo en común: no esperan a que el Estado o las grandes empresas resuelvan el problema de arriba hacia abajo. Parten de las necesidades y capacidades de la propia comunidad, y construyen desde ahí.

El papel de CEFODEH y proyectos de servicio social

El Centro de Formación y Desarrollo Humano (CEFODEH) es un ejemplo concreto de cómo la sociedad civil organizada puede actuar como puente entre la tecnología disponible y las comunidades que más la necesitan. A través de sus programas de formación, CEFODEH trabaja con jóvenes, adultos y familias en situación de vulnerabilidad, brindando no solo acceso a herramientas digitales sino también la capacitación necesaria para usarlas de manera efectiva y crítica.

Los proyectos de servicio social universitario, como los que realizan estudiantes de la UVM en colaboración con CEFODEH, son fundamentales en esta cadena. Un estudiante universitario que comparte sus conocimientos tecnológicos con diez personas de su comunidad genera un efecto multiplicador que ningún presupuesto gubernamental puede reemplazar. La cercanía, el lenguaje común y la confianza que existe entre pares de la misma comunidad hacen que ese aprendizaje sea más natural y sostenible.

EduLibre nace precisamente de esa lógica: si los recursos educativos gratuitos ya existen pero muchas personas no saben que están ahí o no saben cómo aprovecharlos, el trabajo del servicio social es tender ese puente. No se trata de inventar soluciones nuevas, sino de conectar lo que ya existe con quienes más lo necesitan.

Lo que cada persona puede hacer desde hoy

Cerrar la brecha digital es una responsabilidad colectiva, pero también hay acciones concretas que cualquier persona puede tomar desde su posición actual. No hace falta ser político ni tener grandes recursos económicos para contribuir:

  • Comparte lo que sabes: Si manejas herramientas digitales básicas, ofrece enseñar a un familiar o vecino que no las domina. Una sesión de una hora puede cambiar la manera en que alguien busca empleo, accede a servicios o apoya la educación de sus hijos.
  • Dona equipos en desuso: Esa laptop que ya no usas puede seguir siendo útil en manos de un estudiante. Busca organizaciones locales que gestionen donaciones tecnológicas.
  • Apoya iniciativas comunitarias: Muchas organizaciones de inclusión digital necesitan voluntarios, no solo dinero. Tiempo, habilidades y presencia son igualmente valiosos.
  • Usa y difunde recursos abiertos: Plataformas como EduLibre, Khan Academy, Kolibri o Wikipedia son más útiles cuanta más gente las conoce. Comparte los enlaces, recomiéndalas en tu comunidad, háblales a los maestros de tu localidad.

La brecha digital no desaparecerá de la noche a la mañana, pero cada acción cuenta. Y la suma de millones de acciones pequeñas es lo que, históricamente, ha producido los cambios más duraderos. México tiene el talento, la creatividad y la voluntad para cerrar esta brecha. Lo que necesita es que más personas decidan actuar.